Le gustaba cerrar los ojos en la ducha y apretarse contra él. De espaldas, muy fuerte muy fuerte, como si se apoyara contra un gran árbol. Le gustaba sentir cómo caían sus larguísimos rizos castaños como lianas hacia ella, cómo goteaba agua calentita.
Le gustaba mirar hacia arriba, con las pestañas mojadas, y verlo con los ojos cerrados y el gesto de paz infinita. Como si meditara o como si descansase de una batalla bajo la lluvia. Era alto como un gigante y tenía unos brazos fuertes. Unos brazos que la rodeaban y acababan con las manos abiertas sobre su estómago.
Le gustaba que su pelo le acariciara la cara cuando hacían el amor. Le gustaba dormirse sobre su pecho y acariciarse la barriguita el uno al otro. Le gustaba que le enviara guarradas por SMS. Le gustaba enredarse con sus ondas marrones y perderse en sus ojos oscuros y luminosos. Le gustaba verlo dormir hasta las tantas, y hacerle cosquillas y pedorretas para despertarlo. Que él se riera y la besara al despertar, rogando "sólo un poquito más, princesa". Rogando que tirara el despertador y el tiempo al contenedor del barrio.
Le gustaba morirse de risa fingiendo que tocaba la guitarra al oír su música. Le gustaba su carácter fuerte y su delicadeza hacia ella. Le gustaba su expresión de “llego a casa” cuando la veía. Le gustaba que las abuelas lo miraran y cuchichearan mientras iban cogidos de la mano. Le gustaba el olor a semen y sudor de su cama tras un polvo de horas.
Le gustaba decirle que lo quería. Le gustaba oírle decir que él también. Le gustaba que le rogase que nunca se fuera. Le gustaba que el viento nunca se la llevase de allí. Que nunca la apartase de su melena rizada como algas, de su porte orgulloso, de su pecho sudado, de su alma de oro ni de su piso sin (a penas) amueblar.
Le gustaba que fuese un vikingo.
Le gustaba que fuese él.